Cuando hablamos de duelo gestacional y perinatal nos referimos a la pérdida de un bebé durante el período de gestación y el parto. Una pérdida perinatal es aquella que sucede en el período alrededor del parto. A efecto legal se contempla como muerte perinatal la que ocurre cuando el bebé ha pasado de la semana 24.

Tendemos a asociar un embarazo con la llegada de un futuro bebé, un nacimiento con vida, ¿qué ocurre cuando da lugar a la muerte de un bebé? Según el Ministerio de Sanidad, en 2009 ocurrieron, sin saber muy bien las causas, un total de 10.265 abortos, un hecho que parece que no tiene importancia, excepto para los padres que proyectaron una vida junto a ese bebé.

Cuando una pareja decide que ha llegado el momento de ser padres y empieza a buscar un bebé, se proyecta en el futuro, empiezan a gestar a nivel mental y emocional su futuro hijo. Esto implica expectativas, ilusiones y proyectos de futuro. La madre se siente madre desde que se sabe embarazada, siente que ese nuevo ser anida en su interior, a pesar de que sea muy temprano. Los futuros padres, ilusionados y felices, observan asombrados cómo un ser tan pequeño puede llegar a ocupar un espacio mental y emocional tan grande en sus vidas.

El duelo es un proceso natural que ocurre tras una pérdida, pero el duelo gestacional y perinatal tiene unas características específicas que difieren de otros tipos de pérdida. Se trata de duelos desautorizados, ignorados, silenciados, minimizados. Con ello nos referimos a que en muchas ocasiones, los duelos gestacionales y perinatales no son públicamente reconocidos ni socialmente expresados. “La pareja se siente desautorizada para hablarlo porque no ha habido nacimiento, bautizo o entierro; el niño no tiene nombre, no quedan fotos ni recuerdos, nada que pudiera avalar su existencia. Sin embargo, el niño/a es su hijo/a desde la concepción, en la imaginación, en las expectativas y esperanzas de los padres y de la familia” (Alba Payàs).

En algunos casos se tiende a medicalizar en exceso la reacción de duelo mediante psicofármacos que a veces pueden impedir o entorpecer el desarrollo normal del duelo. “La muerte de un recién nacido es una situación que se ha afrontado hasta ahora negándole importancia, con bastante indiferencia. Los hospitales han tendido a minimizar el impacto que estas muertes tienen sobre los padres porque piensan que al no haber conocido al hijo, es como si no tuvieran derecho a realizar un duelo por el bebé muerto” (Alba Payàs).

El problema que tiene una madre que pierde un bebé de pocas semanas de gestación no es sólo que la sociedad no los considere a ella como madre y al bebé como hijo, sino que ella misma tenga dificultades para imaginarse como un bebé al ser que habitaba en su interior. Para una madre que pierde su bebé en la última etapa de la gestación, puede ser terrible que no le permitan verlo, despedirse de él como de cualquier ser querido. Si tiene la posibilidad de verlo y de poder despedirse de él, tendrá un buen inicio del duelo, y ello facilitará su elaboración. Pero a una madre que pierde su embarazo en las primeras semanas de gestación, no se le permite imaginar a su hijo con forma humana.

¿Cómo llevará a cabo su puerperio una mujer sin su bebé? Si el puerperio como etapa en el ciclo psicosexual y emocional de la mujer está en general desvalorizado, si no hay bebé, ni siquiera se tiene en cuenta. Es habitual que las mujeres que han sufrido pérdidas gestacionales y perinatales no puedan acercarse ni mirar a otros bebés.

El puerperio es una época especial en la vida de una madre, tanto si tiene a su bebé en brazos como si no. Si una mujer recibió tras su parto un bebé sano, puede parecer hasta desequilibrada a los ojos de quien no entiende cómo se vive este período. ¿Qué parecerá la que, además de la necesidad de abrazar a su bebé, con los pechos llenos y los brazos vacíos, tiene que elaborar el duelo por su pérdida?

La atención a la muerte perinatal y neonatal siempre ha sido un tema que se ha ignorado y minimizado dentro de los espacios de la maternidad. En España existen ejemplos de maternidades nuevas, construidas e inauguradas hace pocos años, donde se sigue ignorando esa necesidad. En hospitales más avanzados ya se habla de “circuitos de duelo” dentro de la planta de maternidad, es decir, no mezclar padres que han tenido un bebé sano con padres que acaban de perder a su bebé y asignar un espacio concreto para el duelo.

Se sabe, hay algo que el lenguaje no puede nombrar. Quien pierde un padre es huérfano y quien ya no tiene a su pareja es viuda o viudo. Pero no existe palabra para referirse a los padres a los que se les muere un hijo. Y quienes sufren la muerte de un bebé o se transforman en padres de un nacido muerto no sólo deben atravesar esa experiencia, también deben enfrentar la escasez de recuerdos producto de la poca vida de ese hijo que no fue.

No intentes consolarme con palabras mortales o con delicias espirituales.

Nada más importa. La amarga estación de hielo que enfrento no puede sanar

Con curitas o con un beso

Así que por favor no trates de quitar mi dolor. Es todo lo que queda.

Es la única emoción que puedo sentir.

Y no preguntes acerca de mi condición. No puedo contestar con palabras vacías.

Mi bebé ha muerto.

Pero como el mundo continúa en completo olvido, por favor detente un momento

No me impulses a abandonar su memoria. Ofrece tu bondad

Habla a mi alma con palabras suaves. Imparte condolencia con ojos compasivos

Porque su vida merece mi dolor y tu recuerdo.

Mi bebé ha muerto, pero no en vanidad sin sentido.

Permítele a ella llevarte más cerca de aquellos a quien amas.

Descubre a través de su existencia lo verdaderamente frágil de la vida.

Comparte conmigo su recuerdo. Su nombre es Cheyenne.

“Dear Cheyenne”, 1996, Joanne Cacciatore

Fuentes:

http://duelogestacionalyperinatal.com/

Gracias a mis compañeras, las psicólogas Mónica Álvarez y Cristina Silvente, autoras de los libros La cuna vacía y Las voces olvidadas, por haberme enseñado tanto acerca del duelo gestacional y perinatal.